Para Adriano Romualdi

Con la muerte, sobrevenida en circunstancias brutales, de nuestro muy querido joven amigo Adriano Romualdi, la nueva generación de Destra y de inspiración “tradicional” acaba de perder a uno de sus representantes más cualificados. En mi ambiente, pocos tenían una cultura extensa y diversificada fundada sobre el conocimiento directo de varios idiomas, como la suya. Su estilo era limpio y preciso y sabía siempre extraer lo esencial de un problema. Los diferentes ensayos que ha escrito, comenzando por su amplia introducción al libro de Günther sobre la religiosidad indoeuropea, merecerían ser reeditados y publicados en un solo volumen. Adriano Romualdi quiso también consagrar un ensayo –el mejor que conozco– a mi actividad y mis libros. Publicado por el editor Volpe, que tenía por él una gran estima, esta obra ha sido reimpresa hace dos años. Creo saber que Adriano Romualdi tenía en proyecto otra nueva versión, más sistemática, de su presentación del viejo mundo indoeuropeo que ejercía sobre él una fuerte atracción y en el que se reconocía de forma particular. El proyecto de un estudio vivo basado en una documentación rigurosa.

Comprendía lo que llamamos “Mundo de la Tradición” y sabía que era de ese mundo de donde había que extraer los fundamentos de una seria política cultural de Derecha. Admirador de Nietzsche –del mejor Nietzsche–, Adriano Romualdi afirmaba la preeminencia de los valores aristocráticos, guerreros y heroicos. Estaba, por esta razón, especialmente atraído por la idea de una Orden, por el espíritu templario y la mentalidad prusiana hasta sus supervivencias más recientes. También se inclinaba por los inicios de la romanidad, la de Catón y los cónsules, del ius y del fas, y no tuvo el menor inconveniente en decir que esta Roma fue la Prusia de la Antigüedad. Los materiales que había reunido con seriedad y perseverancia habrían podido constituir la base de muchos ensayos importantes. Su entrada en la Universidad, recién nombrado profesor en Palermo, le ofrecía ya una esfera de influencia más vasta y la posibilidad de dar una formación espiritual a un cierto número de jóvenes.

No hay duda de que el mundo de la acción atraía más a Romualdi que el de la contemplación. Quizás esto fuese en él un límite. No consideraba la trascendencia tal y como la entiende la metafísica. A este respecto recuerdo una conversación mantenida con él tres días antes de su muerte (venía a verme frecuentemente y a trabajar en mi biblioteca).

Al hablar de la máxima que dice que “la vida es un viaje durante las horas de la noche” tuve la idea de preguntarle qué pensaba del mundo de ultratumba. Me respondió que para él evocaba una supervivencia de tipo “larvario” (para retomar el adjetivo que empleó). Le indiqué que, según las antiguas tradiciones en las que creía, no era el único fin posible. El Hades ciertamente, era considerado como un destino ineluctable para la mayoría de los hombres, pero se le opone la concepción de una inmortalidad privilegiada y luminosa, con el simbolismo de la Isla de los Héroes, de los Campos Elíseos, y de otros lugares análogos al Walhalla de las creencias nórdicas.

Evocamos las enseñanzas concernientes a la multiplicidad de los destinos, determinados por aquello que cada uno ha realizado durante su vida, por lo que cada cual ha puesto por encima de él y esencialmente, por un impulso lúcido hacia la trascendencia. En uno de los textos más característicos, se dice que tras tres días de “desvanecimiento” el alma del muerto tiene la experiencia de la Luz Absoluta. Es decisivo saber identificarse con esa luz, reconocer la propia naturaleza. Sólo entonces se alcanza la “liberación”.

Espero que Adriano Romualdi, tras haber dejado aquí abajo su efímero envoltorio, haya conocido este despertar. En el fondo, e incluso si no tenía una conciencia precisa, tal era el fin al que tendía su actividad. Más allá de sus simpatías por el mundo de la acción, del combate, de las “afirmaciones soberanas y de las negaciones absolutas” (al decir de Donoso Cortés) hacia el que avanza nuestra época confusa y en crisis, este componente no podía dejar de estar presente en él. Mucho era lo que había madurado.

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