Renfrew y la revolución del radiocarbono

Desde hace varios años se viene constatando que la arqueología — como cualquier otra ciencia — no puede ser “neutra”. En efecto, la arqueología nos aporta enseñanzas que, queramos o no, van a cimentar o a demoler tales o cuales tesis sobre la historia de las sociedades humanas, desde las primeras y más lejanas etapas que podamos identificar (una cuenta atrás que en los últimos veinte años ha hecho impresionantes progresos) hasta los estadios más recientes de los diversos desarrollos culturales (¿acaso no se habla hoy corrientemente de “arqueología industrial”?). Y por ese motivo, la arqueología está en el centro de muy virulentos debates ideológicos, bien a pesar de algunos arqueólogos que desearían no tener que levantar la nariz del campo de excavaciones.

La muerte del “difusionismo”

Esto es lo que demuestra la obra del eminente universitario británico Colin Renfrew, director del departamento de Arqueología en la Universidad de Cambridge. Con la publicación de El alba de la civilización, Renfrew sacó del armario un cadáver que desde entonces no ha dejado de dar que hablar (1). Ese cadáver es la vieja tesis del Ex oriente lux (de Oriente viene la luz). Según esa teoría — digamos más bien ese postulado, vinculado a una visión “bíblica” de la historia —, tanto la cultura como la civilización han nacido en alguna parte entre Mesopotamia y la cuenca oriental del Mediterráneo. Así, el Oriente sería, en la historia de la humanidad, la cuna de la civilización, de toda civilización. Después, a partir de ese hogar oriental, la cultura y la civilización habrían sido exportadas hacia las tierras y pueblos de Europa, cuyo carácter salvaje habría sido progresivamente corregido por las benéficas influencias orientales. ¿Esquema simplista? No hace tanto tiempo que el muy distinguido prehistoriador V. Gordon Childe, cuyas convicciones marxistas no eran por otra parte ningún secreto (y lo uno explica lo otro), escribía tranquilamente (en la revista Antiquity, en 1958) que la evolución de la prehistoria podía resumirse en “una radiación de la civilización oriental sobre la barbarie europea”. Como es perceptible, Gordon Childe no abusaba de los matices…

Así pues, la tesis “difusionista” — para darle el nombre científico que utilizan los universitarios — consideraba que lo esencial en el trabajo de prehistoriadores y protohistoriadores debía consistir en reconstruir las etapas a través de las cuales el progreso técnico venido del Próximo Oriente había llegado hasta las orillas del Atlántico. Quien osara sugerir tímidamente la hipótesis de un origen puramente europeo de las construcciones megalíticas —el impresionante conjunto de Stonehenge, por ejemplo— vería cómo se reían en sus narices, tachado de impostor o, en el mejor de los casos, de iluminado.

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Colin Renfrew

Hoy nadie podría tildar de impostor o iluminado a Colin Renfrew, cuyos trabajos son referencia de autoridad en el mundo científico. Sin embargo, la cosa no deja de causar comezón en algunos medios, porque Renfrew ha provocado una verdadera revolución — numerosos comentaristas han utilizado ya este término — en materia arqueológica. Él mismo, más modestamente, habla de “crisis” en el estudio de la prehistoria. Y lo explica así: “Los arqueólogos se dan cuenta, en todo el mundo, que gran parte de lo que nos exponen nuestros manuales es inadecuado — y, a veces, pura y simplemente falso (…) El gran impacto, la peripecia apenas imaginable hace aún pocos años, era que la prehistoria, tal y como se nos ha venido enseñando, se funda en varias hipótesis que no pueden ser tenidas como válidas (…) Muchos de nosotros, hoy, hemos llegado a creer que las pirámides egipcias son los más viejos monumentos de piedra del mundo y que fue en el Próximo Oriente, en las tierras fértiles de Mesopotamia, donde el hombre construyó sus primeros templos, justo donde emergieron las primeras grandes civilizaciones y donde fue inventada la metalurgia. El trabajo del cobre y del bronce, la arquitectura monumental y otras técnicas, habrían sido transmitidas entonces a poblaciones menos avanzadas de los territorios vecinos y, gradualmente, fueron difundiéndose sobre gran parte de Europa y el resto del Viejo Mundo. Los primeros monumentos prehistóricos de la Europa occidental, las tumbas megalíticas de piedras colosales, nos suministrarían un ejemplo realmente interesante de esta difusión cultural (…) Constituyó un auténtico choque mental el saber que todo esto era falso, que las sepulturas megalíticas de la Europa occidental son más viejas que las pirámides —hoy mismo se consideran los más antiguos monumentos en piedra del mundo” (pp. 15-16).

En la base del revisionismo desarrollado por la escuela de la “nueva arqueología” (donde Renfrew se codea con eminentes investigadores como L.R. Binford y J.G.D. Clark) se encuentran los problemas de datación. En efecto, las nuevas técnicas — lo que Renfrew llama “las revoluciones del radiocarbono” — han puesto en tela de juicio una cronología tradicional que venía siendo utilizada desde el siglo XIX. La escala cronológica tradicional se fundaba en los puntos de referencia bien conocidos desde mucho tiempo atrás sobre la historia egipcia — las listas reales, con la duración de los reinos, establecidas en la época faraónica. Teniendo en cuenta las relaciones bien establecidas históricamente entre Egipto y las potencias vecinas, era posible trazar un cuadro general del estado del mundo pre y protohistórico en el que los sitios europeos sólo podían ser mucho más recientes y, por tanto, nacidos de la imitación de Oriente… ¿Quién habría osado proponer que los dólmenes bretones pudieran ser anteriores a las pirámides egipcias más antiguas, fechadas en —2700? ¿Y quién habría negado que los constructores de los megalitos del noroeste europeo no fueron sino lejanos y torpes imitadores de los arquitectos egipcios?

Cómo funciona el Carbono 14

Este cuadro bien ordenado ha sido completamente trastornado en algunos años. No sin traumas. “Después de todo — señala con humor Colin Renfrew —, no hace mucho más de un siglo desde que los investigadores renunciaron a tomar la Biblia al pie de la letra cuando ésta decía que el mundo había sido creado en siete días, el año 4004 antes de J.C.”… (2). Y es que la datación por radiocarbono ha obligado a realizar revisiones desgarradoras. Pero aportando a la arqueología la respuesta a una importante y vieja pregunta: ¿Cómo datar un objeto, un sitio, y hacerlo no en función de tradiciones literarias, sino mediante un procedimiento auténticamente científico?

La datación por radiocarbono, resultado de los progresos de la física atómica, fue puesta a punto en 1949 por W.F. Libby y reposa sobre principios muy simples: el carbono 14, isótopo radioactivo del carbono, está presente en todas las materias orgánicas (vegetales y animales); a la muerte de un organismo, el C14 se descompone progresivamente emitiendo una radiación mensurable; midiendo la radioactividad restante en un pedazo de hueso, en granos de cereal o en cualquier otra materia orgánica, es posible datar la muestra (3). Esta técnica de datación, inicialmente muy criticada —no es fácil, psicológicamente, ver puestos en tela de juicio e incluso echados por tierra los resultados de los trabajos de uno, sobre todo cuando uno es un investigador de… digamos cierta edad —, se impuso sin embargo progresivamente en los años sesenta. Pero algunas debilidades del método del radiocarbono continuaban suscitando dudas. Así, el creador de este método, Libby, suponía que la concentración de radiocarbono en los seres vivos había sido constante a través del tiempo, de modo que, en una muestra dada, la concentración original de carbono 14 en la época en que estaba viva debía ser la misma que la de todos los seres vivos de hoy. Sin embargo, ahora sabemos que esto es inexacto: la concentración de radiocarbono en la atmósfera — y, por tanto, en los seres vivos — ha variado considerablemente. Así, hace seis mil años era mucho más fuerte que en nuestros días. Esto lo sabemos gracias a una nueva técnica, la dendrocronología, que permite corregir cuando hace falta las dataciones obtenidas a través del C14 (la dendrocronología permite así robustecer, aportándole los matices necesarios, la datación por radiocarbono, contra ciertas afirmaciones que pretendían extraer de aquí un argumento para negarle legitimidad).

La dendrocronología, que Renfrew no duda en denominar “la segunda revolución del radiocarbono” por sus espectaculares consecuencias en materia de cronología arqueológica, reposa sobre una observación simple. En efecto, todo el mundo sabe que el crecimiento de los árboles, en primavera, produce cada año un nuevo anillo en el tronco. Si se cuenta la serie de estos anillos en una sección del tronco, se puede calcular la edad del árbol en el momento en que fue abatido. A partir de este principio —y teniendo en cuenta la variabilidad del espesor y de la densidad de los anillos anuales en función de los factores climáticos— se han podido precisar secuencias continuas con un alcance de varios milenios. Los trabajos efectuados por Edmund Schulman y Charles Wesley Ferguson han sido determinantes al explotar la extraordinaria fuente de información que constituye el Pinus aristata de California —un árbol que, en las Montañas Blancas, alcanza varios milenios de existencia: así se ha identificado un Pinus de 4.900 años, reconocido como el ser vivo más antiguo del mundo.

Las posibilidades de datación aportadas por el radiocarbono y la dendrocronología (complementadas con otras técnicas, como la utilización de la termoluminiscencia) han revolucionado las cronologías tradicionales en las que se apoyaban los defensores del difusionismo. En efecto, a partir de ahora es preciso envejecer considerablemente los sitios europeos —y por tanto se hace insostenible pretender que éstos sean una “imitación cultural” de los sitios orientales, porque son bastante anteriores a éstos—. Así, los megalitos bretones más antiguos datan del V milenio (el dolmen de Kercado, por ejemplo, se remonta hacia el año —4800), mientras que las pirámides egipcias más antiguas fueron levantadas en torno al —2700. Stonhenge, que se pretendía inspirado por Micenas, empezó a edificarse desde el III Milenio. En la península ibérica, aunque hay todavía pocas dataciones por radiocarbono, sabemos con seguridad que los dólmenes más antiguos son muy anteriores al año 3000 a.C. (—3700 en el sitio de Carapito, Portugal; —3300 en Los Millares, España), lo cual excluye cualquier origen oriental y da más bien la razón a Pedro Bosch-Gimpera, que sostenía el carácter autóctono de los monumentos dolménicos peninsulares (4). Nos remontamos más lejos todavía con los sitios de la Europa central. La cultura de Vincha, presentada por V. Gordon Childe como una etapa en la difusión de una “colonización” que partió de Troya (hacia el —2000), ha sido fechada hoy por el radiocarbono entre el fin del VI milenio y la primera mitad del V. Evidentemente, tal “zanja cronológica” de 2500 años cuando menos perturba el postulado difusionista…

Hay muchos otros ejemplos. Así, hoy es seguro que los primeros centros de la metalurgia del cobre, establecidos en el extremo sur de la actual Rusia, en Rumanía, en Bulgaria y en Yugoslavia, han conocido un desarrollo autónomo desde el V milenio, independientemente de toda influencia oriental. El sitio de Varna, al borde del mar Negro, fechado en el año —4500, ha permitido descubrir espectaculares objetos de oro, mientras que en el Oriente Próximo el oro no aparece hasta 1500 años más tarde (5). Añadamos que otro de los grandes argumentos de choque tradicionalmente avanzados por los defensores de la primacía oriental —a saber, la invención de la escritura en Sumeria, donde las primeras tablillas aparecen hacia el año –2330— ha quedado también desmentido: en Rumanía y en Bulgaria se han encontrado plaquetas grabadas en sitios que hoy podemos datar entre los años —3500 y —3000.

Una visión nueva de la protohistoria

Así ha quedado aniquilado el bello razonamiento difusionista (una transmisión cultural que, partiendo del Próximo Oriente, habría ganado por etapas el Egeo, el Mediterráneo occidental y la Europa danubiana, y por último la Europa occidental). En su lugar, se impone la imagen de una pluralidad de focos culturales, autónomos, desarrollados en Europa antes que en las civilizaciones próximo orientales (6). Una constatación que tiene un peso ideológico comparable al de la tesis poligenética que hoy se impone en antropología, eliminando la de la monogénesis, directamente vinculada a la ideología bíblica (en el principio era Adán, y de esta única raíz han nacido las diversas ramas humanas…).

De hecho, lo que Renfrew propone es una nueva forma de aprehender la arqueología. “Lo que ha transformado a mi juicio la arqueología prehistórica — escribe nuestro autor — es que ahora no se habla ya de objetos, sino de sociedades, y se ha pasado del estudio del material de excavaciones, al de las relaciones entre las diferentes categorías utilizables de documentación. Anteriormente, todos los cuidados eran pocos a la hora de la clasificación, de la comparación y de la datación del material, como si todas estas reliquias inanimadas constituyesen el principal objeto de estudio. Lo que se juzgaba entonces fundamental era la clasificación del material recogido (…) Hoy día, los objetivos son más ambiciosos. Se trata de hablar de forma sensata sobre sociedades, cuyos objetos son los vestigios de que disponemos. Se trata de discutir su entorno, sus medios de existencia, sus técnicas, su organización social, su densidad demográfica, etc., y a partir de estos parámetros construir un cuadro y una explicación de los cambios que han venido produciéndose en ella (…) El nuevo paradigma que hace su aparición en el campo de la arqueología prehistórica será compuesto en función de las interrelaciones de seis o siete parámetros fundamentales, que podemos reconocer como determinantes del cambio cultural. Él relacionará el crecimiento de la población y su densidad con el modelo de subsistencia y los cambios de este modelo. Él conectará estos factores con la organización social y los contactos (comprendidos el comercio y el cambio) entre las comunidades vecinas y las regiones adyacentes. Finalmente, analizará cómo todo esto ha podido influir y determinar la estructura de las percepciones y creencias de la sociedad, comprendidos arte y religión, y cómo éstos últimos, a su vez, han dirigido el modo de explotación del entorno y las técnicas de base utilizadas para tal situación” (pp. 276-278).

Así, una de las constataciones más sugestivas de Renfrew concierne a la “dimensión social” que supone una cultura como la de los megalitos. Son precisas estructuras comunitarias jerarquizadas, orgánicas (Renfrew utiliza el término “señoríos o cacicazgos”, pp. 169 y ss.), para realizar grandes monumentos que van a traducir en el paisaje la significación de tal organización social. “Yo sostengo — dice Renfrew — que podemos considerar estos monumentos no sólo como sepulturas, sino también como centros públicos, frecuentemente utilizados como lugares de encuentro, quizá para todo un conjunto de ceremonias rituales con el objetivo de religar el conjunto de la comunidad tanto a sus antepasados como a sus muertos más recientes” (7).

Los trabajos de Renfrew aportan, en fin, una visión nueva, propiamente revolucionaria, de las sociedades protohistóricas y, por tanto, de las fuentes de la cultura europea. Esperamos con interés las reacciones que, en buena lógica, deberían suscitar (8).

Notas

(1) RENFREW, Colin: El alba de la civilización. La revolución del radiocarbono y la Europa prehistórica, Ed. Istmo, Madrid, 1986; traducción y presentación de José M. Gómez-Tabanera. La edición original del libro, con el título de Before civilization, data de 1973. Desde 1967, Renfrew había llamado la atención de los especialistas con su artículo “Colonialism and Megalithismus” en la revista Antiquity. Pese a la trascendencia de sus aportaciones y a su incontestable rigor científico, la referencia a la obra de Renfrew es sistemáticamente ignorada en el debate cultural oficial, especialmente en España (N. de la R.).

(2) “Pour une archéologie sociale”, en Sciences et avenir, septiembre 1973.

(3) El carbono 14 pierde la mitad de su radioactividad en 5730 años; la mitad de la radioactividad restante tarda a su vez otros 5730 años en desaparecer, y así sucesivamente.

(4) Cf. BOSCH-GIMPERA, P.: Prehistoria de Europa, Istmo, Madrid, 1975. Don Pedro Bosch-Gimpera (Barcelona, 1891-México, 1974) fue uno de los grandes nombres de la historiografía en nuestro siglo, a pesar de lo cual es prácticamente desconocido en España fuera de los ambientes estrictamente académicos. Exiliado en Méjico desde 1939, sus obras sobre la prehistoria y sus aportaciones acerca de los indoeuropeos han demostrado ser sumamente certeras. El profesor Gómez-Tabanera, traductor y editor de Renfrew al castellano, fue también el editor de su Prehistoria de Europa (N. de la R.).

(5) Cf. Colin RENFREW: “Varna and the social context of early metallurgy”, en Antiquity, noviembre 1978.

(6) Por sus trabajos, Renfrew confirma las intuiciones de autores más antiguos (entre otros Kossinna, Aberg, Schuchhardt o el ya citado Bosch-Gimpera) que habían reaccionado contra el difusionismo de Childe.

(7) “L’archeologie sociale des monuments mégalithiques”, en Pour la science, enero 1984.

(8) En efecto, cabe esperar (?) la traducción de varias obras importantes de Renfrew, en particular The Emergence of Civilisation. The Cyclades and the Aegean in the Third Millenium B.C. (Methuen & Co., Londres, 1972) y Problems in European Prehistory (Edinburgh University Press, Edimburgo, 1979).

[Artículo extraído de la revista “Hespérides”, 8, noviembre de 1995]

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